Despertar Nacional

Pablo Neruda fue asesinado

FUENTE: LIBRE RED NET

http://www.librered.net/?p=7177

El asistente del premio Nobel
de Literatura, Manuel Araya -quien estuvo a su lado en sus últimos días- cuenta
un secreto que lo ahoga: el poeta “fue asesinado”. Y sostiene que la orden vino
de Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a salir?”.

Todo estaba dispuesto para que
el poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda se exiliara en México. Había
viajado de su casa en Isla Negra a Santiago de Chile y un avión enviado por el
gobierno mexicano estaba listo para recogerlo.

Sin embargo, tuvo que ser internado
en la clínica Santa María. Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a
su asistente Manuel Araya que un médico le había puesto una inyección en el
estómago. Unas horas después murió. Araya -quien estuvo al lado del poeta en
sus últimos días- cuenta a Proceso un secreto que lo ahoga: el poeta “fue
asesinado”.

El poeta chileno Pablo Neruda
“supo a las cuatro de la madrugada (del 11 de septiembre de 1973) que había un
golpe de Estado. Se enteró a través de una radio argentina que captaba por onda
corta. Ésta informaba que la marina se había sublevado en Valparaíso.

“Trató de comunicarse a
Santiago, pero fue imposible. El teléfono estaba fuera de servicio. Recién como
a las nueve de la mañana confirmamos que el golpe se había concretado. (…) Ese
11 de septiembre fue un día caótico y amargo porque no sabíamos qué iba a pasar
con Chile y con nosotros.”

Manuel Araya Osorio habla de
Neruda con la familiaridad de quien ha compartido momentos cruciales con un
personaje histórico. Y sí. Fue asistente del poeta desde noviembre de 1972
-cuando regresó de Francia- hasta su muerte el 23 de septiembre de 1973.

El corresponsal se reunió con
este personaje el pasado 24 de abril en el puerto de San Antonio. La entrevista
se llevó a cabo en la casa del dirigente de los pescadores artesanales chilenos
Cosme Caracciolo, a quien Araya le pidió ayuda para develar un secreto que lo
ahogaba: “Lo único que quiero antes de morir es que el mundo sepa la verdad,
que Pablo Neruda fue asesinado”, asegura a Proceso.

Sólo el diario El Líder, de
San Antonio, dio cuenta parcial de su versión el 26 de junio de 2004. Pero no
trascendió por la poca influencia de este medio.

Araya afirma que siempre ha
querido que se haga justicia. Cuenta que el 1 de mayo de 1974 le propuso a
Matilde Urrutia, viuda de Neruda, aclarar esa muerte. Ambos fueron testigos de
sus últimas horas: durmieron, comieron y convivieron en la misma habitación a
partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 y hasta la muerte del poeta, 12
días después, en la clínica Santa María de Santiago.

Pero Araya afirma que Matilde
-quien murió en enero de 1985- no quiso tomar acción alguna para fincar
eventuales responsabilidades. Según él, Urrutia le dijo: “Si inicio un juicio
me van a quitar todos los bienes”. Araya cuenta que en otra ocasión tuvieron
una discusión que marcó un quiebre final en su relación con la viuda. “Me dijo
que lo que había pasado era cosa de ella y no mía, porque yo ya había terminado
de laborar con Pablo, ya no era trabajador y no teníamos nada que ver”.

“Neruda quería que cuando
muriera, la casa de Isla Negra quedara para los mineros del carbón (…) Pero la
fundación (Pablo Neruda) se apropió de su obra y no ha concretado ninguno de
sus sueños. A ellos (los directivos de la fundación) sólo les interesa el dinero”,
espeta.

Afirma que hace dos años le
entregó a Jaime Pinos, entonces director de la Casa Museo de Isla Negra, de la
fundación, un relato sobre los últimos días del poeta. “Pero no han hecho nada
con esa información, ni siquiera la han dado a conocer. No quieren que la
verdad se sepa (…) Nunca me han dado la palabra en los actos que organizan ni
siquiera en las conmemoraciones de su muerte”.

Araya proviene de una familia
de campesinos de la hacienda La Marquesa, cerca de San Antonio. Cuando tenía 14
años fue acogido en Santiago por la dirigente comunista Julieta Campusano,
quien le dio trato de ahijado.

Este vínculo le ayudó, pues
Campusano llegó a ser senadora y la mujer más influyente del Partido Comunista,
y gestionó que Araya recibiera una preparación especial en seguridad e
inteligencia, entre otras materias. Araya escaló rápido. Fue mensajero personal
de Allende antes de fungir como principal asistente de Neruda.

Araya, quien hacía de chofer,
mensajero y encargado de seguridad de Neruda, acepta que el autor de Canto
general tenía cáncer de próstata, pero no cree que esa enfermedad lo matara.
Asegura que dicho padecimiento “estaba controlado” y que Neruda “gozaba de
buena salud, con los achaques propios de una persona de 69 años”.

“Abandonados”

Araya dice que después del
golpe del 11 de septiembre, Neruda, su mujer y el resto de los habitantes de la
casa de Isla Negra quedaron “solos y abandonados”. El contacto con el mundo
exterior se reducía a las noticias que les llegaban a través de una pequeña radio
que Neruda sintonizaba, a las esporádicas conversaciones telefónicas de un
aparato que sólo recibía llamadas y a lo que les contaban en la hostería Santa
Elena, cuya dueña “era de derecha y sabía todo lo que pasaba”.

Cuenta que el 12 de septiembre
llegó un jeep con cuatro militares. “Todos llevaban los rostros pintados de
negro. Yo salí a recibirlos. (…) El oficial me preguntó quiénes estaban en la
casa. Le tuve que decir que en ese momento estaban Cristina, la cocinera; la
hermana de ésta, Ruth; Patricio, que era jardinero y mozo; Laurita (Reyes,
hermana de Neruda); la señora Matilde, Pablito (Neruda) y yo.

“El oficial nos señaló que en
el domicilio no podía quedar nadie más que Neruda, Matilde y yo. Entonces
tuvimos que arreglárnoslas entre los tres: dormíamos en la recámara matrimonial
que estaba en el segundo piso. Yo dormía sentado en una silla, arropado con un
chal. Lo hacía para estar más cerca de Neruda, porque no sabíamos lo que nos
iba a pasar.”

El 13 de septiembre, cerca de
las 10 de la mañana, los militares allanaron la casa. Araya dice que eran como
40 soldados que venían en tres camiones. Iban armados con metralletas, con las
caras pintadas de negro y uniforme de camuflaje. Vestidos y pertrechados “como
si fueran a la guerra”.

Recuerda: “Entraban por todos
lados: por la playa, por los costados (…) Salí al patio para preguntar qué
querían. Hablé con el oficial que daba las órdenes. Me dijo que abriera todas
las puertas. Mientras revisaban, destruían y robaban, los militares preguntaban
si había armamento, si teníamos gente escondida adentro, si ocultábamos a
líderes del Partido Comunista (…) Pero no encontraron nada. Se fueron callados.
No pidieron ni perdón. Se sentían dueños y señores del sistema. Tenían el poder
en las manos”.

Añade que como a las tres de
la tarde, poco después de que se habían ido los soldados, llegaron marinos.
“Estuvieron más de dos horas. También allanaron la casa y robaron cosas.
Registraban con detectores de metales. (…) La señora Matilde me contó que el
mandamás de los marinos entró al dormitorio de Neruda y le dijo: ‘Perdón, señor
Neruda’. Y se fue”.

Araya recuerda que durante
varios días la marina puso un buque de guerra frente a la casa del poeta.
“Neruda decía: ‘Nos van a matar, nos van a volar’. Y yo le decía: ‘Si nos
tenemos que morir, yo voy a morir en la ventana primero que usted’. Lo hacía
para darle valor, para que se sintiera acompañado. Entonces le dijo a la señora
Matilde: ‘Patoja -que así la nombraba-: mire el compañero, no nos va a
abandonar, se va a quedar aquí’”.

Araya cuenta que
conversaciones de ese tipo tenían lugar en la pieza del matrimonio: ellos
acostados y él sentado a los pies de la cama. “Nos preguntábamos que haríamos
nosotros solos. Pensábamos que a Neruda lo iban a asesinar. Entonces, resolvimos
que la única opción era salir del país”.

El viaje

Araya narra que Neruda le dijo
que su plan era instalarse en México y una vez en ese país pedir “a los
intelectuales y a los gobiernos del mundo entero ayuda para derrocar a la
tiranía y reconstruir la democracia en Chile”.

Rememora: “Desde la hostería
Santa Elena -a menos de 100 metros de la casa de Isla Negra- nos comunicamos
con las embajadas de Francia y México. La de México se portó un siete (nota
máxima en el sistema educativo chileno). El embajador (Gonzalo Martínez
Corbalá) se movilizó para ayudarnos. Creo que el 17 de septiembre nos llamó
para decirnos que se había conseguido una habitación en la clínica Santa María.
Allí deberíamos esperar la llegada de un avión ofrecido por el presidente Luis Echeverría”.

El problema era trasladar al
poeta a la clínica. “Con Neruda y Matilde pensamos que la mejor y más segura
manera de llegar hasta allá era en una ambulancia. Mi misión era conseguirla.
Viajé a Santiago en nuestro Fiat 125 blanco y pude arrendar una ambulancia. (…)
Recuerdo que ofrecí como seis veces más de lo que me cobraban para asegurar que
efectivamente fueran a buscarnos. Acordamos que fueran el 19, porque ese día la
clínica tendría todo dispuesto para recibir a Pablito.

“Llega el 19 y solicitamos a
Tejas Verdes (el regimiento militar de la provincia de San Antonio) permiso
para trasladar a Neruda. Me dijeron: ‘No estamos dando salvoconductos, menos a
Neruda’. A pesar de la negativa decidimos partir. La ambulancia entró hasta la
puerta que daba a la escalera de su dormitorio. (…) Al salir se despidió de su
perrita Panda, se subió a la ambulancia y se acostó en la camilla. Neruda y
Matilde se fueron en la ambulancia. Yo los seguí muy de cerca en el Fiat.”

“El viaje fue triste, caótico
y terrible. Nos controlaban cada cuatro o cinco kilómetros, parecía imposible
llegar a nuestro destino. Imagínese que salimos a las 12:30 y llegamos a las
18:30 a la clínica (distante poco más de 100 kilómetros de Isla Negra).

“En Melipilla fue el control
más maldito. Allí Neruda vivió el momento más terrible. (…) Los militares lo
bajaron de la ambulancia y le registraron el cuerpo y la ropa. Decían que
buscaban armas. Él pedía clemencia, decía que era un poeta, un premio Nobel,
que había dado todo por su país y que merecía respeto. Para ablandar sus
corazones les decía que iba muy enfermo, pero las humillaciones continuaban. En
un momento lloramos los tres tomados de la mano porque creíamos que así iba a
ser nuestro fin.”

Finalmente la ambulancia llegó
a la clínica tres horas más tarde de lo acordado. “Como llegamos muy cerca de
la hora del toque de queda, no pudimos hacer nada más que quedarnos todos en la
clínica a dormir (…)

“El embajador Martínez Corbalá
fue a vernos al día siguiente. Y también el francés, que nunca supe cómo se
llamaba. También recibimos la visita de Radomiro Tomic y Máximo Pacheco
(dirigentes democratacristianos), de un diplomático sueco, y de nadie más.”

La inyección misteriosa

Araya dice que los primeros días
en la clínica transcurrieron sin sobresaltos. El 22 de septiembre, la embajada
de México avisó que el avión dispuesto por su gobierno tenía programado salir
de Santiago rumbo a México el 24 de septiembre. Le comunicó además que el
régimen militar había autorizado su salida.

“Entonces Neruda nos pidió a
mí y a Matilde que viajáramos a Isla Negra a buscar sus cosas más importantes,
entre éstas sus memorias inconclusas. Creo que eran Confieso que he vivido. Al
día siguiente -23 de septiembre- partimos temprano hacia la casa de Isla Negra.
(…) Dejamos a Neruda muy bien en la clínica, acompañado por su hermana Laurita,
que llegó ese día a acompañarlo.”

Asegura que Neruda estaba “en
excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todos eran pastillas, no había
inyecciones. Nosotros nos preocupamos de recoger todo lo que nos indicó.
Estábamos en eso cuando Neruda nos llamó como a las cuatro de la tarde a la
hostería Santa Elena, donde le dieron el recado a Matilde, quien devolvió la
llamada. Neruda le dijo: ‘Vénganse rápido, porque estando durmiendo entró un
doctor y me colocó una inyección’.

“Cuando llegamos a la clínica,
Neruda estaba muy afiebrado y rojizo. Dijo que lo habían pinchado en la guata
(el estómago) y que ignoraba lo que le habían inyectado. Entonces le vemos la
guata y tenía un manchón rojo.”

Araya recuerda que momentos
después, cuando se estaba lavando la cara en el baño, entro un médico que le
dijo: “Tiene que ir a comprarle urgente a don Pablo un remedio que no está en
la clínica”.

Fue a comprar el medicamento y
Neruda se quedó con Matilde y Laurita. “En el trayecto me siguieron sin que yo
me diera cuenta. El médico antes me había dicho que el medicamento no se
encontraba en el centro de Santiago, sino en una farmacia de la calle Vivaceta
o Independencia. Cuando salí por Balmaceda para entrar a Vivaceta aparecieron
dos autos, uno por detrás y otro por delante. Se bajaron unos hombres y me
pegaron puñetazos y patadas. No supe quiénes eran. Me cachetearon harto y luego
me pegaron un balazo en una pierna.

“Después de todo lo que me
pegaron terminé muy mal herido en la comisaría Carrión, que está por Vivaceta
con Santa María. Luego me trasladaron al estadio Nacional donde sufrí severas
torturas que me dejaron a un paso de la muerte. El cardenal Raúl Silva
Henríquez logró sacarme de ese infierno. Por eso estoy vivo.”

Neruda murió a las 22:00 horas
en su habitación -la número 406- de la clínica Santa María.

Consultado por Proceso, el
director de archivos de la Fundación Neruda, Darío Oses, dio a conocer la
posición de esta institución respecto de la muerte del poeta:

“No hay una versión oficial
que maneje la fundación. Ésta se atiene a los testimonios de personas cercanas
a Neruda en el momento de su muerte y de biógrafos que manejaron fuentes
confiables. Hay bastantes coincidencias entre las versiones de Matilde Urrutia
en su libro Mi vida junto a Pablo, la de Jorge Edwards en Adiós poeta y la de
Volodia Teitelboim en su biografía Neruda.

La causa de muerte fue el
cáncer. Uno de los médicos que lo trataba, al parecer el doctor Vargas Salazar,
le había advertido a Matilde que la agitación que le producía al poeta el
enterarse de lo que estaba ocurriendo en Chile en ese momento podía agravar su
estado. A esta situación también contribuyeron el allanamiento de su casa (…) y
el traslado en ambulancia (…) con controles y revisiones militares en el
camino.”

Pero Manuel Araya dice no
tener duda alguna: “Neruda fue asesinado”. Y sostiene que la orden vino de
Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a salir?”.

Consejos para Allende

Francisco Marín

VALPARAÍSO, CHILE.- El
presidente chileno Salvador Allende era el visitante más asiduo de Pablo Neruda
en su casa de Isla Negra. “Cuando iba, Allende siempre le pedía consejos al
poeta porque éste era muy sabio en política”, sostiene Manuel Araya Osorio,
exasistente personal de Neruda.

Recuerda, por ejemplo, los
consejos que Neruda le dio a Allende sobre las fuerzas armadas en las semanas
previas al cuartelazo, cuando el 23 de agosto de 1973 la derecha y los
militares golpistas forzaron la renuncia del general Carlos Prats González,
comandante en jefe del ejército.

“Tenemos que descabezar a las
fuerzas armadas… Los de nosotros hacia acá y los otros hacia un lado”, le decía
Neruda al presidente.

Araya lamenta que El Chicho (Allende)
no le hiciera caso al poeta en este tema. “Si lo hubiera hecho, la historia
habría sido bien diferente. Otro gallo hubiera cantado, todavía estaríamos en
el poder”, dice convencido.

Y cuenta que el 10 de
septiembre de 1973 -un día antes del golpe militar- Neruda le pidió que viajara
a Santiago para entregarle un mensaje al presidente Allende. Se trataba de una
invitación a la inauguración de Cantalao, el refugio para la inspiración y el
descanso de los poetas, que sería precisamente el 11 de septiembre.

En entrevista con Proceso,
Mario Casasús, estudioso de la vida de Neruda y corresponsal en México de El
Clarín de Chile, dice que Neruda había escrito los estatutos de la fundación
Cantalao. A ésta traspasaría los terrenos de la casa de los poetas del mismo
nombre, que están muy cerca de su casa de Isla Negra.

Araya afirma que Allende lo
recibió en su despacho. “Estaba caminando, parecía nervioso. Leyó la nota de
Neruda e inmediatamente redactó una respuesta. Sin leerla me la guardé en un
bolsillo. (…) No tengo idea lo que decía ese mensaje, pero el presidente me
dijo: ‘Dígale al compañero (Neruda) que mañana yo voy a ir a la Universidad
Técnica (donde anunciaría la realización de un plebiscito) y que posiblemente
haya ruidos de sables este 11 de septiembre’”.

Dice que Neruda, al conocer el
mensaje, se quedó muy preocupado porque entendía el curso que estaban tomando
los acontecimientos. “Esa noche casi no durmió”.

Ese 11 de septiembre “nosotros
quedamos completamente abandonados y solos” afirma Araya. “La muerte del
presidente Salvador Allende afectó mucho a don Pablo. Sin embargo él se sentía
con la fuerza y entereza necesaria para seguir luchando por lo que creía
justo”.

“Las noticias emitidas por los
medios de comunicación nacionales eran manipuladas por el régimen militar.
Sabíamos que eran falsas, que todo era mentira.”

Araya narra que Neruda se
deprimió mucho. Él le pidió que no se pusiera triste. “Le dije que los
militares en un mes le iban a entregar el poder a la Democracia Cristiana”.

Neruda le replicó: “No
compañero, esto va a durar muchos años, como ocurrió en España. Yo conozco la
historia, usted no sabe de golpes de Estado”.

Francisco Marín / Proceso

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